viernes, 9 de octubre de 2026

Don Jaime en el ascensor, de Octavio Escobar Giraldo


Alguna vez escribí que Octavio Escobar Giraldo es un escritor prolífico. Él se sorprendió por el calificativo y a mí me sorprendió que a él le sorprendiera. ¿A partir de los cuántos títulos se considera que un autor es prolífico? No sé, pero sé que sea el número que sea, Octavio ya pasó por ahí hace rato y ahora se acerca a los 30 títulos, incluyendo los libros colectivos. 

Prolífico no es un calificativo positivo o negativo. Describe un hecho: el de ser lo opuesto a Rulfo, por ejemplo, que publicó apenas un par de libros. Lo positivo o negativo es el juicio estético que cada quién hace sobre una obra en particular, o sobre el conjunto general de las publicaciones de un autor. "El que mucho habla, mucho yerra", dicen algunos, pero también el que mucho habla tiene más oportunidades de explicarse y de corregirse, pienso yo. Rulfo publicó poco, y todo excelente, mientras que José Saramago publicó mucho más, casi todo después de jubilarse, y la calidad es desigual, pero tiene obras tan deslumbrantes que le alcanzó para ganar el Nobel. Algo parecido puede decirse de Gabriel García Márquez, autor de una joya como Crónica de una muerte anunciada, y también de novelas menores como Memoria de mis putas tristes.

Octavio Escobar Giraldo ha publicado de todo: novela, cuento, ensayo, poesía y literatura juvenil. Ha escrito ciencia ficción,  novela negra, literatura policiaca y novela histórica. Don Jaime en el ascensor es su quinto título en la línea de textos pensados para colegiales, o con protagonistas adolescentes. Primero fue el libro de cuentos Las láminas más difíciles del álbum; luego vino El mapa de Sara; después publicó El viaje del príncipe, quizás para niños más pequeños, y en 2024 publicó Manu.

Hay un gesto en este nuevo libro que considero valioso: el autor no parte del supuesto según el cual los jóvenes no leen, o únicamente leen textos cortos. Don Jaime en el ascensor es un libro de 176 páginas. Tiene letra grande, buen interlineado y muchas ilustraciones, pero igual son 176 páginas, un tamaño que contradice la lógica del mercado.

La historia no se ubica en una ciudad específica, aunque puede ser Manizales, y tampoco tiene algún referente temporal concreto, pero transcurre en el tiempo actual, en el que hay cuentas en TikTok y tutoriales en Youtube. La obra transcurre en el edificio en el que Martín vive con sus papás. Se mudaron allí porque la situación económica familiar se deterioró. Don Jaime es un vecino jubilado que sabe jugar ajedrez y que tiene algunos conflictos con su esposa. Con estos elementos el autor construye una historia que incluye fútbol, el primer beso adolescente y algunos problemas del mundo adulto que se cuelan por los intersticios de la vida juvenil. 

Octavio Escobar es un narrador ágil y esa capacidad, demostrada en libros con Destinos Intermedios, 1851 o Después y antes de dios, se nota también en estas obras más sencillas, escritas para jóvenes. Si bien la anécdota que da título al libro se desarrolla solo en la segunda mitad de la obra, el universo familiar y social que dibuja desde el comienzo trasciende ese suceso puntual y apunta a ser el retrato de una época y de una clase social: la clase media de Manizales. 

Don Jaime en el ascensor

Octavio Escobar Giraldo

Matiz Editores

Manizales

Agosto de 2026

176 páginas

Grandes borrachos colombianos, de Pablo Rolando Arango (segunda edición)

Diez años después de su primera edición, Jaravela, la editorial de Manizales, reedita Grandes borrachos colombianos, en versión corregida y aumentada, casi al doble, porque de las cuatro crónicas iniciales publicadas por ediciones El Malpensante, el libro ahora trae tres crónicas más, más un epílogo escrito por el autor y un prólogo de Luis Miguel Rivas. El libro original ("la cartilla", le decía Pablo Rolando), tenía 86 páginas. Esta edición, en un formato más grande, trae 122.

En su momento escribí sobre la primera edición que los relatos que componen este volumen tienen en común el aguardiente, el ambiente de cantina, la música de carrilera, el guayabo y las ganas de volver a tomar. Tienen también otro elemento común: la muerte. Tres de los cuatro relatos iniciales tienen como protagonistas a célebres borrachos fallecidos, y el detonante del texto es precisamente la muerte de los personajes, de manera que las crónicas se convierten en elegías sobre sus vidas, incluyendo sus borracheras.

Las tres crónicas adicionales que entraron en esta segunda edición no tienen a la muerte como eje, y de hecho tienen un tono desigual, en donde el humor ya no está tan presente. Hay una sobre borrachos indigentes que beben alcohol antiséptico en el Parque Caldas de Manizales (y Pablo Rolando los acompaña en la bebeta), otra sobre la historia de la cerveza, y una más, la mejor lograda, sobre sus días internado en una clínica de reposo, en medio de su proceso de desintoxicación. 

También es valioso el epílogo. Allí Pablo Rolando Arango cuenta con ironía que corre el riesgo de empezar a hablar con un predicador evangélico, porque es un alcohólico que lleva 10 años (casi) sin emborracharse.

Estos textos a medio camino entre el ensayo, la crónica, la reflexión filosófica y el periodismo gonzo, son importantes en estos tiempos. Colombia lleva años desangrándose en la tal "guerra contra las drogas" y Pablo Rolando muestra, sin sermonear, que el licor es una droga mucho más fuerte y adictiva que algunas de las perseguidas. La diferencia no está en los efectos (o mejor, en los daños) sino en el estigma social construido desde el estado: el licor nutre las rentas departamentales y por lo tanto no es perseguido ni estigmatizado, a diferencia de la marihuana, la cocaína y otras sustancias.



Grandes borrachos colombianos (segunda edición)
Pablo Rolando Arango
Jaravela Editores
Manizales
Septiembre de 2026
122 páginas