miércoles, 1 de abril de 2026

Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Albalucía Ángel

Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón
 es una novela compleja en su estructura, que desde múltiples narradores y puntos de vista presenta un triple ejercicio de memoria: la memoria histórica nacional, la memoria regional de la colonización del Eje Cafetero y la memoria personal de Ana, desde su infancia hasta su juventud.

La memoria nacional parte desde la tragedia desatada a raíz de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, continúan con el período de La Violencia, la presidencia de Laureano Gómez, el golpe militar de Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953 y el posterior Frente Nacional, de 1958 a 1974, y que el libro define al final como "ni chicha ni limoná".

La historia regional se narra desde las vivencias de la dinastía Araque y su rol en la colonización antioqueña que en el siglo XIX partió del sur de Antioquia para, con hacha y machete, tumbar monte y fundar poblados en lo que hoy se conoce como el Eje Cafetero.

Esas dos historias, la nacional y la regional en un tiempo anterior, se mezclan con la memoria de Ana, quien recuerda su infancia en la finca, la muerte trágica de su amiga Julieta, el abuso sexual, su viaje a Bogotá y sus años universitarios. 

Al igual que en otras obras de la autora, su propuesta literaria consiste en una narración experimental, fragmentaria y magistral, que le exige al lector concentración y atención a los detalles. La pájara pinta es rica en datos históricos precisos y en referentes culturales que van desde las radionovelas hasta el inicio de la televisión en Colombia, pero así mismo amalgama esos hechos concretos con una ficción encarnada en Ana que le sirve para dejar un registro sobre las brechas de género y las múltiples violencias que sufren las mujeres, no solo en generaciones anteriores sino en el momento en el que se escribe la novela, cuando el Frente Nacional llega a su fin. 

Algunos subrayados
el valor de nuestro sexo está muy desprestigiado. Yo siempre he creído que somos iguales o másvalientes que los hombres. Y que no se diga que es tal vez porque no nos dábamos cuenta (p. 61).

¿Es de la pura Grecia? ¿Verdad viene de allá? Y donde queda eso, muy lejos, ¿no? En el carajoqueda. En los quintos infiernos ¿Y usted no ha ido, no? Qué voy a haber ido, sino me dejan ir más lejos que Cerritos o es que no entiendes lo que te estoy diciendo (p. 66).

Al día siguiente se entera todo el pueblo, por supuesto, ellas son como el radioperiódico, si el cura les dijera que hicieran lo de la gallina, eso de recoger pluma por pluma, las Aparicio no acabarían nunca, ni a los doscientos años, son capaces de seguir vivas a esa edad, viejas arpías (p. 68).

No puede ser que todo se repita. Que el tiempo ante y desande sin variar de camino (p. 73).

Cómo decir lo que no tiene nombre. Cómo narrar una historia que el viento se llevó pero esta vez sin Scarlett O´Hara ni Clark Gable, porque una muerte así, en un país de América Latina en esa época, no merecía ni tan siquiera un mal cortometraje de dieciséis milímetros. No estábamos de moda (p. 87).

La desaparición de la población indígena no se puede atribuir a la destrucción sistemática por parte de los españoles, aunque indudablemente en la lucha por defender sus dominios perecieron muchos... y yo no sé lo que quiere decir sistemática pero en la historia de los Aztecas que tiene mi tía dice que Cortés engañó a Moctezuma, que lo mató haciéndole trampa y que asesinó a íntegro el pueblo en una encerrona donde no quedaron ni niños ni viejos ni nada, exagerada, ¿no? (p. 97).

muy parecida a esas encopetadas que se sienten el ombligo del mundo porque viven en los barrios altos y su casa la perfuman con inciensos hindúes y las sábanas son Canon traídas de Miami y las camas de Artecto Ltda., y la casa la diseñó Obregón & Valenzuela, más o menos así, cuando ella me preguntó que qué pensaba hacer cuando saliera del colegio (p. 101).

como si la palabra de Valeria fuera el Corán (p. 103).

imaginándose al Hojarasquín del monte comiendo niños crudos y oyendo aullar la Patasola. Ana Feliz decía que si hacían cosas malas, la Patasola se enteraba, aunque uno creyera que nadie lo veía, pues era igual que Dios, la Patasola: estaba en todas partes (p. 105).

Saturia se reía, tun-tun, quién es, la vieja In,es y Ana muy tiesa, envarillada, mientras aquel calor le daba escalofríos porque sentía los dedos como algo electrizado que le pegara correntazos (p. 106).

y al otro día La Julia amaneció plagada de bandoleros, y a ellos les prohibieron que volvieran (p. 109).

Saturia chillaba ya no más, un poquitico no más, decía él, no seas mailita, te voy a regalar una muñeca grande desas que tiene don Severiano en la vitrina, y Saturia que no, que yo no quiero, y otra vez los gritos, y entonces el hombre le taponó la boca con la ruana (p. 110).

entre todos resolvieron que era mejor no irle a contar a nadie. Para qué. (p. 111).

él había oído decir a los arrieros que los bandidos perjudicaban a las mujeres y que a los hombres les cortaban el vergajo y que a los niños también los mataban a machetazo limpio y después los dejaban chamuscarse con casa y todo y esa gente no tenía corazón sino una víbora en el pecho y Ana pensó que qué sería perjudicar pero o se atrevió a preguntar nada porque a lo mejor si le contaban se lo iba a soñar esa noche (p. 112).

La cabuya eran unas pilas enormes de pelo largo, amarillento, que se sacaba de las matas de fique y que había que unir matojo por matojo y retorcer a mano tirando de las puntas con una rueca pequeña, hasta que se convertía en una especie de guasca trenzada que servía para enlazar las bestias, menear el ganado en los corrales, empacar los colchones, o vendérselas a los caminantes que se detenían a tomar su Freskola o su cerveza Póker, en la ventanilla del repostero que daba al camino, y que la gente llamaba la Fonda de las Álvarez (p. 115).

asegurando que había asistido a la muerte de don Jorge Robledo, a garrotazos, decretada por Sebastián de Belalcázar y que la gente comenzó a llamarlo el loco Belalcázar después de eso (p. 115).

ellas a duras penans recitan lo de Manecita rosadita y el hijo de Rana Rin-Rin Renacuajo salió esta mañana muy tieso y muy majo, pues no las dejan aprender sino de La Alegría de leer (p. 123).

La muerte es algo dulce, repitió muy segura. Un despertar en otra parte donde si quieres puedes ir a pasear a caballo por las nubes, a mí me gustaría... (p. 124).

Lo peor es que cualquier cosa que trate de escribir está sometido al lenguaje absurdo de la desesperación o sea: confuso, repetitivo, hasta me creo Proust (p. 127).

¿tú crees que la religión es la fuerza de los débiles o la debilidad de los fuertes? (p 130).

y me preguntó por qué me contentaba con escribir en una pinche página deportiva si me consideraba periodista (p. 130).

en esa época era un caído del zarzo que le hacía tragar a la gran masa de lectores todo lo que el jefe me hacía tragar a mí, pero no creas. Yo sabía que los americanos sólo consideran compatriotas a los negros cuando se trata de victorias olímpicas (p. 132).

Mejor mirar lo grandotota que era la catedral de Manizales. Es gótica. ¿Ah... sí?, como si fuera de maíz trillado, no entendían ni jota pero ya se sabía que si preguntaban de a mucho Tina no iba a parar con las palabras raras (p. 134). 

¿Es muy larga la muerte? le preguntó a Sabina y ella dijo que claro, que para casi siempre (p. 135).

y la radio no transmitía sino música cláica y boletines pero nada concreto (p. 141). 

Rézale a María Auxiliadora para que no vayan a ganar los godos (p. 144).

su papá se sentó en la mecedora muy callado y muy pálido, como el nueve de abril. A escuchar las noticias, que eran malas, muy malas (p. 145). 

No te absolvían los curas porque ser liberal era pecado, y si leías El Tiempo o El Espectador te excomulgaban (p. 146). 

Laureano Gómez ganó las elecciones y al otro día dedicó a Dios la victoria, por el radio (p. 148). 

en los corredores de la casa de las Álvarez pasaron muchas cosas. Armaban el pesebre todas las navidades, y por las noches la novena, y era una gran pachanga. Su mamá rezando Dulce Jesús mío mi Niño adorado y ellos con panderetas y maracas: ven a nuestras almas ven no tardes tanto; pensando sólo en los regalos que les iba a traer el veinticuatro. Las Álvarez hacían buñuelos y natilla y los dejaban estar despiertos quemando luces de Bengala y viendo elevar globos, casi hasta medianoche; pero lo más emocionante fue aquella vez que se metieron al monte a coger musgo, y se encontraron con el cipote de culebra (p. 149).

una felicidad parecida a la de comerse un mango biche en clase de aritmética (p. 149). 

Y no sé por qué la gente pierde la memoria. Se olvida. Pasan diez años y es como si no hubiera sido más que un aguacero aquel diluvio que nos dejó el país inundado tanto tiempo (p. 153). 

y se quedó callado, pensando de seguro en todos los cadáveres que flotan en los ríos. En los ancianos y niños fusilados. En el señor que el otro día le cortaron la lengua para que no volviera a gritar viva el Partido Liberal (p. 158). 

y ella pensó que pobres, ni para combinar colores tienen gusto (p. 160)

Quién sabe porqué la gente resolvió que hay que cubrir la muerte con flores a porfía. Con aromas que dentro de poco será también detritus fétidos, cadáveres de cosas, polvo. Por que esas letanías. Esos rezos tan lúgubres (p. 165). 

despilfarraba los billetes como si fueran Kleenex (p. 173). 

¿cómo es el mar?, quiso saber Jacinto, y Eleazar: es como eso, igualito; pero en vez de árboles, agua, del color de esas lomas (p. 192). 

cuando los cuarenta te están pisando los talones, ya el hombre se embromó (p. 209).

En realidad no sé en qué creo. Cómo quieres que lo sepa con tanto enredo. Si yo pudiera decir creo en Dios Padre Todopoderoso creador del cielo y de la tierra, con la misma inocencia con que lo decía a los ocho años, a lo mejor estaría salvado. Pero si hoy me están diciendo que la Alianza para el progreso es la única manera de salvar estos países que están de mierda hasta la coronilla, y yo empiezo a hacer números como cualquiera que sepa sumar y dividir y me doy cuenta de que no, que eso es sólo una trampa para ratones subdesarrollados, entonces tú dirás. La gente ya no sabe por dónde va la tabla (p. 230). 

el que inventó la cama fue un genio incomprendido (p. 266). 

Sería imposible escribir la historia del país en el orden civil y militar sin la figura siempre activa del estudiante colombiano (p. 276). 

la felicidad es siempre así: prestada por raticos (p. 280). 

Silbar no es cosa de niñas, nada en la vida es para niñas, definitivamente, cada vez que uno va a hacer algo ¡no es de niñas! y ni subirse a un árbol, ni ensuciarse el vestido, ni ponerse bluyines en el pueblo, ni jugar trompo por la calle, como si sólo los varones tuvieran permiso de hacer y deshacer, de dónde lo sacaron, ¿se los dio el Santo Padre? (p. 283)

andabas con la tranquilidad de quien no pertenece a los rebaños (p. 289).

Y qué mejor que un bosque para guardar un árbol (p. 311)

Lo peor fue la censura. Comenzaron a amordazar la opinión pública y a cerrar los periódicos. Porque dijeron, simplemente. Denunciaron y basta. La clausura de El Tiempo, después de aquella orden de a callarse, relacionada con la matanza de estudiantes, fue la piedra de toque (p. 312).

si esos curas predican la pobreza qué es lo que andan haciendo con tanto convento tan lujoso y tanta tierra de labrantío sin producir ni nada mientras que el pueblo que oye misa y comulga y cree en ellos y les paga tributo del sudor de su frente y los muy sinvergüenzas viviendo a la bartola dizque rezando dicen rogando por nosotros cuando más les valiera fijarse en esa viga que tienen en el ojo y no en las pajas ajenas ¿no es así como dicen? (p. 331).


Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón
Albalucía Ángel Marulanda
Ediciones B 
2015 (Primera edición 1975)
Bogotá
374 páginas

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